febrero 13, 2012

Se rompió el único mecanismo que regulaba mi insignificante vida.


Desde entonces, los segundos se convirtieron en minutos, los minutos se convirtieron en horas, las horas se convirtieron en días, y los días se convirtieron en eternidades. Eternidades en las que yo estaba sumida, viviendo en la infinita oscuridad de su pérdida. El tiempo era mi mejor aliado, y él pasaba conmigo cada segundo, cada minuto. Mi compañero fiel, lo que más valía para mí.
Se rompió mi reloj, se esparcieron todas mis ilusiones, se rompieron la promesas que el tiempo me hizo, y se rompieron los silencios que en la noche creaba. No había sensación más perfecta que ver caer lentamente la fina arena de aquel perfecto reloj. Parecía la reencarnación inerte de la inmortalidad. Parecía infinito, y un día demostró ser lo contrario. Se me escapaba de las manos, perdía mi vida a medida que se prolongaba aquel doloroso silencio. 
Nada parecía real; las palabras se convirtieron en simples sílabas sin sentido, sin un significado coherente, sin nada. Se vaciaron mis sueños, mis alegrías quedaron derrumbadas por la abaricia del dolor, mis costumbres se convirtieron en rutinas, mis rutinas se convirtieron en infiernos. Y yo estaba viviendo uno de ellos. El fuego ardiente de mis entrañas rasgaba poco a poco mi interior, intentando salir al exterior; ya no quería ser mío nunca más. 
Todo está oscuro desde que aquella fina arena que marcaba mi vida dejó de deslizarse por el fino tubo del reloj, desde que aquel también fino cristal quedó roto en pedacitos, pedacitos que dedujeron mi existencia.
Insignificante, ¿verdad? Como un simple reloj de arena puede destrozarte tus días, y como el tiempo, tan simple y eficaz, puede matarte a cada segundo que pasa, a cada grano de arena que cae poco a poco a través del reloj...

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